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Los jornaleros agrícolas y los saberes de la subsistencia. Pensar lo básico antes de la medianoche

  • por

Jaime Torres Guillen

PARA DAVID

La ilusión de la opulencia promovida por las grandes cadenas de supermercados, la agroindustria y los funcionarios o expertos del crecimiento, ciegos ante la barbarie que viene, obstruye la capacidad de pensar en lo básico. ¿Qué es lo básico? Cultivar la tierra. A diferencia de la gran producción agrícola intensiva iniciada apenas en el siglo XVII, acelerada en 1950 y en pleno descenso a finales de los años setenta, cultivar la tierra es una actividad milenaria. Es una diversidad de saberes que han practicado por todas partes mujeres y hombres a quienes comúnmente se les llama campesinos por relacionarse con la tierra y la naturaleza, que se organizan para cultivar cereales, hortalizas, frutas y algunos otros alimentos mediante policultivos que permiten su reproducción social y su subsistencia. ¿Subsistencia? Como alguna vez se preguntó Iván Illich, ¿debemos usar ese término? No si seguimos el lenguaje económico para el cual significa sobrevivencia o pobreza. En esa mentalidad industrial, la palabra sólo podría servir para justificar la existencia de “políticas públicas” con las que se asiste a quienes les fueron gestionadas “sus necesidades básicas”.1 Al usar el término me atengo a diversas experiencias pasadas y presentes a lo ancho del mundo entero y a los trabajos de personas que desmontaron la visión sombría e ideológica de los economistas sobre la subsistencia. Subsistencia no es pobreza, es sustento, alto grado de satisfacción derivado de la consecución de alimentos y tiempo libre.2

De esa búsqueda de subsistencia emerge solidaridad, reciprocidad y cuidados. En ella el cultivo de la tierra es diverso en su producción, relaciones sociales y condiciones socioambientales. Tales saberes parten de la raíz común humana de cultivar la tierra. Algo que genera conocimientos al enfrentar incertidumbres y riesgos derivados de las condiciones climáticas, del estado de los suelos, los tipos de nutrientes para los diferentes cultivos y la gestión proporcional del agua. Se aprenden muchas temporalidades. Se es asiduo a la lentitud y la paciencia. Cuidar y estimular el crecimiento de las plantas o árboles requiere conocer los procesos secuenciales del cultivo y estar atento a las emergencias biológicas o ambientales. Se crea una simplicidad por la existencia derivada de la paciencia con los procesos biológicos, climáticos y ambientales. La temporalidad vivida interiormente se conjuga con la creación de otras actividades convivenciales, como la artesanía, la fabricación y reparación de utensilios y herramientas, y se generan diversos alimentos. Como en todo proceso humano, hay ahí límites, fracasos, errores y efectos no deseados.

Estos saberes de la subsistencia los conservan los actuales jornaleros agrícolas, quienes son campesinos en el sentido pleno, a pesar de enfrentar la acumulación originaria de hace siglos.

Por desgracia, en México, casi toda la literatura académica o periodística ha creado una imagen homogénea de los jornaleros. Desde el México Bárbaro de John Kenneth Turner hasta las investigaciones antropológicas de Rodolfo Stavenhagen, los jornaleros son descritos solamente como personas que ocupan los estratos más bajos de la población y reciben ingresos por debajo del salario mínimo oficial. Los nuevos estudios rurales o de migración le agregan a esta representación un fuerte componente “humanitarista” y gubernamental, al bautizarles como “grupos vulnerables”, de “alta marginalidad”, “precarizados” o “excluidos”.

Esta visión gubernamental y académica promueve una representación homogénea de los jornaleros a partir de lo que llaman “sus necesidades” y la etiqueta de ser “vencidos de la economía moderna”.3

Pero jornaleros y jornaleras son personas vivas y no un concepto de la antropología rural. Desean vivir. No son lo que creen las ONG que pretenden “salvarlos” o los burócratas que buscan “ayudarlos”. Las cifras que se calculan nada nos dicen de sus saberes ni de sus prácticas con las que disputan activa y discursivamente contra aquello que les daña y consideran injusto e incorrecto.

Lo que olvidan o ignoran estas versiones es que enfrentan una guerra a partir de la mercantilización de sus saberes de subsistencia.4 Esto significa que la reproducción social de quienes practican la subsistencia no pueda realizarse fuera de la disciplina y coerción del mercado capitalista.5 Todo esto es producto de la acumulación originaria y su “gobernanza”: la migración, la economía informal y el asistencialismo.

La acumulación originaria obliga a los jornaleros que han practicado sus saberes de subsistencia a perderlos. Los está orillando a abandonar definitivamente el cultivo de la tierra para dedicarse a actividades de la llamada economía informal incluso en zonas rurales o en áreas urbanas hiperdegradadas.6

Como nadie, los jornaleros han hecho frente a todos los tipos de acumulación. Por eso su lucha es de larga data.

Si lo pensamos bien, su lucha es la nuestra. Si pierden, también perderemos. Porque si ahora que es más probable que nos acerquemos a algún tipo de colapso donde el reloj nos indique que la medianoche ha llegado, esto es, que los límites energéticos ya están aquí, la consecuencia es obvia: a nivel mundial los alimentos tenderán a escasear y no sabremos cómo cultivarlos.

Comenzar a ver de otra manera a jornaleras y jornaleros no es sólo una ruptura epistemológica, también es una urgencia social. Conviene comenzar a conversar con ellas y ellos y a preguntarnos juntos: ¿qué tan plausible es generalizar los saberes de la subsistencia? ¿Cómo lograr dietas óptimas? ¿Qué aportaciones nutricionales tendrían los huertos domésticos y urbanos? En suma, platicar juntos sobre los patrones y procesos hidrológicos y climáticos que comprometen la vida de humana y no humana y a empezar practicar rutas para el “después del crecimiento”.

No tendríamos por qué esperar a que los expertos aclaren las diversas interrogantes y sus consecuentes controversias. Tampoco debemos ser ingenuos al suponer que potenciar estos saberes encontrará eco inmediato en una población inducida por las industrias de procesado de alimentos o los grandes complejos de comidas rápidas. No olvidemos que el lema de gobiernos, empresarios y establishment científico sigue siendo “crecimiento o muerte” y tiene muchos adeptos.

Debemos aprender a volvernos capaces de hacer existir formas diversas de subsistencia. Tan mal preparados estamos para ello que jornaleras y jornaleros podrían enseñar a equiparnos. Aprenderíamos bastante de eso que se llama permacultura, que no es otra cosa que una cultura de la subsistencia, pensar en lo básico. Jornaleras y jornaleros no son vulnerables, son potentes. Son, entre muchas otras personas, quienes no se han “quedado en casa” en medio de la actual pandemia. Bien haríamos en aprender de ellas y ellos y dejar de estar aislados en nuestras casas cambiando focos y enchufes para aprender más de los saberes de la subsistencia. Generalizar la subsistencia no es tarea fácil y si alguna vez lo intentamos, seguro que no saldremos ilesos. Pero podría ser que de ahí surgiera, con luces y sombras por supuesto, una nueva manera de pensar y practicar lo básico antes que oscurezca.

*Para saber sobre el paro laboral del SINDJA haz click aquí.

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Artículo publicado en ‘Ojarasca’, de La Jornada

https://ojarasca.jornada.com.mx/2021/03/13/los-jornaleros-agricolas-y-los-saberes-de-la-subsistencia-pensar-lo-basico-antes-de-la-medianoche-969.html

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1. Iván Illich, Obras reunidas II, México: Fondo de Cultura Económica, 2008 (versión electrónica, 2013), p. 133.

2. Marshall Sahlins, Economía de la edad de piedra (traducción al castellano de Emilio Muñiz y Erna Rosa Fondevila), Madrid: Akal, 1977, pp. 24 y 27.

3. Jean Robert y Majid Rahnema, La potencia de los pobres, Chiapas: CIDECI–UNITIERRA, 2011.

4. Jean Robert, “El retorno de los saberes de la subsistencia”, Polis, Revista de la Universidad Bolivariana, Santiago de Chile, vol. 11, 33, 2012, p. 272.

5. Henry Bernstein, Dinámicas de clase y transformación agraria, Miguel Ángel Porrúa / Universidad Autónoma de Zacatecas, 2012, p. 145.

6. Mike Davis, Planeta de ciudades miseria (traducción de José María Amoroto), Madrid: Akal, 2006.

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