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¿Mataron a Santiago?

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Imagen por: ‘Un Salto de Vida’ y ‘Hijos del Nopal’

Pedro Chávez Gómez

A orillas de la cascada de El Salto de Juanacatlán, un tlacuache y una rana contemplaban la inmensa pared de roca con débiles chorros de agua contaminada, donde antes fluía una impresionante catarata conocida como el “Niágara Mexicano”. Resistiendo los podridos olores que llegaban con la brisa, conversaron:

—Santiago no murió, ¡lo enfermaron! —exclamó el tlacuache.

—¿De qué hablas? Siempre con tus historias —respondió la rana, escéptica.

—Según la versión oficial de las autoridades, Santiago ha fallecido e intentan revivirlo, sin embargo, la verdad es otra. Santiago ha sido víctima de sobreexplotación y envenenamiento por parte de los codiciosos, pero sorprendentemente sigue vivo —explicó el tlacuache.

—¡Ah caray!, cuéntame más, está bueno el chisme —pidió la rana.

—¡Presta atención!, Santiago es un río que ha existido durante miles de años, desde la formación de los cerros que delimitan y dan forma a las cuencas por donde fluye el agua. Hace décadas, cuando él estaba sano, mantenía una conexión constante con la naturaleza. Nacía en los manantiales de Almoloya del Río, en el Estado de México, allá lo conocen como río Lerma. Luego atravesaba Querétaro, Guanajuato y Michoacán antes de llegar a Chapala, el lago más grande del país. A partir de ahí, daba inicio al Río Grande de Santiago, que cruzaba Jalisco y Nayarit hasta desembocar cerca de San Blas en el océano Pacífico. —Narró el tlacuache.

—¿Por qué hablas de él en tiempo pasado, como si ya no existiera? —preguntó la rana.—¡Santiago sigue vivo! Lo que quiero transmitir es que su presencia no se limita a una ubicación geográfica específica. Él puede ser nubes, lluvia, granizo, río, manantial, lago, humedal, mar, océano… Es el oxígeno que respiramos, el agua que bebemos, el riego de nuestros alimentos y mucho más. A pesar de ello, ese ciclo que lo mantenía sano ya no existe. Lo han fragmentado con cientos de presas hidroeléctricas, han agotado sus aguas subterráneas milenarias para venderlas al mejor postor, han deforestado y degradado sus ecosistemas, han vertido cantidades industriales de sustancias tóxicas y han cometido muchos otros crímenes. Han sacrificado sus inconmensurables valores, como la vida, la salud, la igualdad, la libertad de expresión, el paisaje y la alimentación, todo a cambio de beneficios económicos. Todo por su afán de acumular dinero. —Declaró el tlacuache, mientras fruncía la nariz y mostraba sus colmillos afilados llenos de coraje.

Imagen por: ‘Un Salto de Vida’ y ‘Hijos del Nopal’

—Pobre Santiago, le ha ido como en feria. ¿Quién ha causado tanto daño? —se lamentó la rana.

—Los humanos, aunque no todos. Solo una especie: Homo economicus. —respondió el tlacuache con un tono misterioso.

—¿Cuántas especies de humanos existen? —preguntó perpleja la rana.

—Existen dos: el Homo economicus y el Homo socioecologicus. No es una clasificación biológica, sino una diferencia en su comportamiento e ideología. El Homo economicus es narcisista, avaricioso y materialista. Su felicidad se basa en el poder adquisitivo, el progreso, el desarrollo, los avances tecnológicos y la acumulación de capital. Para ellos, el dinero es una prioridad, consideran a la naturaleza y a la sociedad como meras herramientas para crear bienes y servicios. Creen ser libres, sin darse cuenta de que son esclavos de la insatisfacción. Por ejemplo, adquieren un automóvil nuevo y ya están pensando en comprar el siguiente modelo; viven en una casa elegante y buscan una más costosa para ascender en la jerarquía social. Es una adicción a las apariencias superficiales.

—Entiendo. Y el Homo socioecologicus, ¿en qué se diferencia? —interrogó la rana.

—El Homo socioecologicus es humanista, solidario y ecologista. Su felicidad se basa en diversas premisas, como las relaciones familiares y de amistad, la salud, la alimentación, la cultura, la conexión con la naturaleza y muchas otras. Priorizan el bienestar ecológico y social. Reconocen que la salud humana depende del equilibrio de los ecosistemas naturales y entienden que las actividades productivas deben limitarse y adaptarse en función de este equilibrio. Valoran a todas las personas por igual, sin preferencias o discriminaciones basadas en su posición económica.

—¿Estás diciendo que los Homo economicus son malos? —cuestionó la rana.

—No, no es un asunto de moralidad, sino de ética. El bien y el mal son subjetivos. El problema radica en que ellos conocen el daño que causan, pero no están dispuestos a cambiar su estilo de vida lujoso para dejar de perjudicar a los demás. No actúan con malicia ni vierten toneladas de sustancias tóxicas solo para dañar a aquellos que viven cerca del río. Simplemente buscan aumentar su poder adquisitivo y no les importa dónde terminan todos sus desechos. Aun así, son responsables de todas las consecuencias negativas para los habitantes de la región, del daño a la vegetación, a los animales y a los seres humanos que enferman o mueren debido a sus actividades productivas.

—Tlacuache, los famosos dicen que comportarse como Homo socioecologicus es mediocre. Que debemos de tener aspiraciones infinitas y alcanzar el éxito a través de riquezas materiales —debatió la rana.

—Esa es la mentira del desarrollo que han impuesto los poderosos. El éxito es subjetivo. No tengo nada en contra de tener esas aspiraciones; cada uno decide qué lo hace feliz y en qué dedica su tiempo. El problema surge cuando, para alcanzar esas metas económicas, nos enferman y reducen el tiempo de vida a los habitantes del río Santiago. Ningún sueño de grandeza justifica dañar la salud —comentó el tlacuache.

—Si continuamos con este modelo de producción, ¿Santiago morirá? —preguntó la rana.

—No, Santiago es más grande que todos los impactos que ha sufrido y los que aún vendrán, solo lo enferman. Los más afectados son sus habitantes, su biodiversidad está desapareciendo y las personas viven enfermas y mueren prematuramente. Eso no se puede revertir ni comprar, es urgente abordar la situación como lo que es: una emergencia sanitaria ambiental. Los Homo economicus deben detenerse y transformarse radicalmente. Deben cambiar la forma en que interactúan con la naturaleza, el ritmo y la magnitud de los impactos que generan, y la manera en que distribuyen las ganancias económicas. Su cultura capitalista empobrece y perjudica a la mayoría, mientras sostiene el estilo de vida privilegiado de unos pocos —argumentó el tlacuache.

—Aunque suena atractivo lo que dices, no estoy de acuerdo contigo. Yo anhelo ser millonario sin importar las consecuencias, quiero tener gente trabajando para mí con salarios mínimos y en condiciones precarias. Si no quieren enfermarse, que se busquen otro lugar para vivir. Los pobres son pobres porque quieren, les falta ambición —comentó la rana con tono prepotente.

—No hay duda de que tienes una mentalidad de tiburón, a pesar de que parezcas renacuajo. Permíteme ilustrarte con un ejemplo práctico del capitalismo depredador que tanto admiras —respondió el tlacuache, con un semblante tranquilo.

El tlacuache se lanzó ágilmente sobre la rana y la devoró en cuestión de segundos. Lo que el tlacuache desconocía era que el anfibio había nadado cerca de descargas industriales, su cuerpo estaba impregnado de metales pesados. Al día siguiente, el tlacuache murió intoxicado.

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