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Terroristas ambientales en el Río Santiago

  • por

Enrique Encizo Rivera

Platican que muy allá en este mundo de Dios deambulaban como trashumantes por las inmensidades de los continentes varias especies de animales humanos. Se cree que eran seis, pero se han ido descubriendo otras más. De todas estas especies de animales raros sólo sobrevive una, la de Nosotros, los sapiens. Refieren que esto fue posible gracias a su capacidad de crear y poder contar… historias, algunas de ficción.

Cuentan que los primeros pobladores de esta América llegaron por el Norte, de allá venían. En sus travesías por los Norteños yermos helados, con rumbo al Sur, lograron sobrevivir. Aprendieron a construir herramientas, una de ellas, la insignificante aguja con la que elaboraron ropajes que los protegían del frío y les facilitó sus andancias hasta llegar a las tierras benditas del Anáhuac.

Donde señoreaba el milenario Chignahuapan, río del noveno infierno del país de los muertos, el Mictlán, el más oscuro y profundo de los avernos donde habitan los descarnados, de ahí tomaron el nombre del río, los antiguos transeúntes, las tribus Nahuatlacas en su largo peregrinar. Así lo bautizaron. Después lo nombraron Tololotlán en honor a un asentamiento humano ancestral que señoreaba sobre las comarcas del río. El pueblo está donde el río se asilencia y hace un remanse. Cuando llegaron los conquistadores lo nombraron Río Grande de Santiago y lo declararon propiedad del rey. ¿Qué pensarían los nativos al declararse propiedad de un extraño su río de toda la vida y de toda su eternidad?

Ora pronto platicaba la mamá de mi abuela que por donde están las vías del ferrocarril, en la estación El Castillo, hubo un combate. En el tren, de Guadalajara hacia la capital, venía huyendo el general Mier, gobernador de Xalisco, con su gente y con carros cargados de dinero, en oro y plata. Acá en la Hacienda del Castillo lo esperaban las fuerzas revolucionarias. Hubo un pleito grande, el general fue herido de muerte y pegado a la capilla de la iglesia murió. Tenía un anillo de oro en una de sus manos, mi abuela siendo niña se lo expropió.

Al caer la tarde de ese julio de 1914, venían a golpe de talón huyendo por La Lobera para cruzar el Cerro Colorado y de este modo llegar a El Salto para refugiarse. Traían cargando todas sus pertenencias, incluyendo un hermano de pocos años dentro de una quiligua, de esas canastas de pizcar maíz. El pueblo, niño también, les dio cobijo. Era cuando apenas se andaba estrenando recién fundado por la industria, cuando la industrialización de los pueblos se podía contar como historias gloriosas.

Comenzaron a vivir en una de las casas que construyó la empresa para sus obreros, ahí pegado al río, junto a la fábrica. Las casas en esa parte tenían una especie de alameda, una calle muy ancha de tierra, como arenosa, donde habitaban en el suelo las avispitas que comían plagas, las avispas de San Jorge, esas que comen arañas, los quijotes, esos abejorros que pican bien fuerte y más bichos. Curiosamente el barrio no era polvoriento, a tiro de piedra estaba la cascada “El Salto de Juanacatlán”. Cada día, con la pura brisa que generaba la espectacular fuerza de la caída del agua y la acción del viento, amanecían regadas las calles del pueblo y, con un plus, la de mi abuela se tapizaba de flores moradas de las jacarandas.

Dicen los antiguos que no hay cirugía progresista que pueda sajar las herencias industriales sin matar al paciente. Pues ahí también junto a la cascada pusieron los drenajes domésticos e industriales que nosotros conocíamos como los cagaderos; uno bien pegado a la caída de agua y el otro pasando el remanse del “charco verde”, ¡ah! y adelantito en “los rieles” el drenaje de la fábrica. Así es como comenzó la historia de esta depredación ambiental impuesta a un río.

Se construyeron presas y represas sobre su lecho, se edificaron grandes industrias en sus márgenes y en las de sus afluentes, pusieron sus descargas hacia el río. Su rostro fue manchado. Expulsaron radicalmente todas las especies nativas milenarias, chacales, cangrejos, peces como los matalotes, bagres, carpas, lampreas, tostones, lisas, popochas, pescado blanco y muchos, muchos más, por decir algo. Con esto también fue expulsado el conocimiento natural. Todo fue obra de grandes visionarios, políticos, ingenieros y empresarios con conocimientos e inteligencia que admiramos. Algunos hasta tienen calle con su nombre.

Primero se murieron los peces, se fueron para el silencio. También infinidad de aves y mamíferos. Luego los árboles como los mangos, guayabos y vástagos de plátanos. Ahora nos toca a Nosotros, dijo Teódulo Orozco. Y así es, la gente se muere a destiempo, además por una muerte que no eligieron: cáncer, infartos, tumores o insuficiencia renal. Veinte o más años de vida le son arrebatados a las personas, esto no tiene precio. La vida dejó de ser real. También se modificó el paisaje, mucho más de lo que la mayoría de la gente piensa.

Siendo altamente caritativos podríamos decir que se han hecho muchas cosas “importantes”. Se produjeron cambios espectaculares sobre el río infernal y su territorio. Remodelaron los ecosistemas de nuestro entorno mucho antes que nos diéramos cuenta. Las bandas merodeadoras de terroristas ambientales, contadores de relatos progresistas, fueron y han sido la fuerza de destrucción más importante que se haya visto nunca jamás en el río Santiago.

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Este artículo fue publicado en ‘Ojrasca’, de La Jornada:

https://ojarasca.jornada.com.mx/2022/02/11/terroristas-ambientales-en-el-rio-santiago-2500.html

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